martes, 2 de enero de 2007

Viaje a Berlín I.
Transporte: La Odisea

Ante todo, queridos lectores, ¡feliz 2007 a todo el mundo!

El viaje a Berlín fue genial por la parte de la estancia allí, la fiesta, el reencuentro con los amigos... pero fue una auténtica odisea en cuanto al viaje en si mismo. Es por eso que vamos a dividir este post sobre el viaje a Berlín en esas dos partes: el viaje (transporte) y el turismo/fiesta.

Empecemos por una breve reseña de lo que fue conseguir el transporte. Yo había buscado transporte a Berlín con un mes de antelación, encontrando que Air Berlín volaba por 49 EUR desde Copenhague. ¡Genial! pensé, ahora sólo queda que me confirmen que tenemos alojamiento y ya tenemos el fin de año completo.El caso es que la confirmación tardó más de lo esperado, cosa lógica porque ya sabemos que somos todos currantes, pero el caso es que llegó. Fui a sacar mi billete y... ¡Ooops! ¡¡294 EUR!!. A partir de ahí fue una búsqueda frenética de transporte a Berlín con dos restricciones: HOY (2 de enero) trabajaba y el viernes 29 de diciembre también (hasta las 14.30h.). Los trenes me dejaban ir pero no había posibilidades de volver. Los autobuses igual, algunos si para la ida, no para la vuelta o viceversa...Al final iba con Eurolines la noche del 29 al 30 llegando allí a las 6 de la mañana, y volvía a las 11.45 del día 1 (en Copenhague a eso de las 20h.).

Una vez "solucionado" el problema del transporte, disfruté como un tonto con un lápiz la visita turística y lúdico-festiva de Berlín, que será tratada en un post posterior.

IDA
El viernes no tenía nada hecho. El tema es que el bus salía a las 23h. de la noche en una calle no muy lejos detrás del Tívoli (bastante céntrico) y había un autobús que me acercaba razonablemente, así que no me dediqué a la maleta hasta que llegué por la tarde a casa ese día. No había gran cosa que llevar tampoco... salvo la comida. 4 bocatas, fruta, huesitos, turrón, botellita de agua y libro con papeles de reservas de hostal y mapas al macuto, y lo esencial en la maleta.

Llegué bastante pronto al sitio de partida en Copenhague, que es una calle desierta que tiene colgado un papel plastificado en una valla de obra y que si no era porque había gente con maletas me hubiera pensado seriamente si había llegado al lugar correcto. Bueno, mientras venga...

El bus llegó bien, y dos conductores comprobaron los billetes a medida que nos cogían los equipajes y nos dejaban entrar. Salimos con 20 minutos de retraso porque 8 jóvenes daneses (ya distingo el danés del alemán) medio borrachos llegaron con la hora pegada. Fue curioso, porque entraron con dos paquetes de 24 latas de cerveza que yo pensaba que no podrían subir arriba, pero en fin...

Durante el viaje, los medio borrachos completaron la otra mitad, y aparte de las voces, que se cayera de vez en cuando alguno encima del resto de pasajeros, que monopolizaran el minúsculo baño, etc. lo más reseñable fueron las dos paradas del conductor, una de ellas en mitad de la autopista, para venir hacia atrás y discutir airadamente con los susodichos. Eso fue así hasta que llegamos al ferry a eso de las 2 de la mañana, en que una vez en la bodega del barco, el conductor llegó a levantar de la solapa a uno de ellos. Pensé en hacer un vídeo o foto del momento, pero también pensé que podía llevarme algún guantazo que pasara por allí y no estaba de humor para ello.

Tras aquello la cosa se tranquilizó un poco, aunque permaneció la "conversación" en voz más alta de lo habitual -para ser daneses gritaban por todo lo alto- y monopolización del baño hasta que llegamos a Berlín, sin apenas retraso (unos 20 minutos también).

VUELTA
Aquí empieza la verdadera odisea. Hay que poner las cosas en perspectiva. Los españoles, para variar, fuimos los que "cerramos" el garito de la fiesta de nochevieja, lo cual implica que... dormimos poco (en mi caso, una hora y tres cuartos). Tratando de despegar los ojos recogí todo lo más silenciosamente que pude y salí de la habitación cerca de las 9.30 de la mañana en dirección al metro. No había un alma en la calle. Es como si hubieran sonado de nuevo las sirenas antiaéreas en Berlín.

El caso es que llegué muy bien a la estación de autobuses, ya que me acordaba del truco (Carlos: ya defintivamente, los mapas del metro de Berlín están mal. Desde la estación Kottbuser Tor hasta Ruhleben se llega sin cambiar de tren, aunque las líneas sean 1 y 2 respectivamente), no sin antes hacer parada técnica en los recién abiertas pastelerías del metro de Berlín.
Una vez en la estación de autobuses, con más de veinte minutos de antelación sobre el horario previsto, me dirigí al mostrador de información para comprobar mi reserva. Efectivamente tenía que pasar por taquilla para poder hacer uso de ella, aunque luego he llegado a la conclusión que es como si no hubiera tenido reserva, ya que en ningún momento me pidieron el número que me facilitaron cuando lo reservé por teléfono, y no me pidieron entonces ni nombre ni dinero ni tarjeta.

Una cola (muy escasa, todo hay que decirlo) y 25 euros más tarde tenía confirmado mi billete y un sitio excepcional al lado del radiador de uno de los puntos de la terminal que permitían ver la dársena desde la que se suponía que iba a salir mi autobús. Allí di cuenta del resto de mi desayuno hasta que un cambio en los paneles me hizo acercarme a información por segunda vez. ¿Por qué la salida ha pasado de las 11.45 a las 13.30? Parece que la compañía ha modificado la hora por ser año nuevo. Bueno, no pasa nada: tengo un sitio relativamente cómodo y un bocata y un libro para hacer tiempo.

A eso de las 13h. cuando se suponía que debía llegar el autobús que nos llevaría a Copenhague, la gente fue saliendo de la terminal a esperar en la dársena asignada. El caso es que como yo tenía algo de frío, y estaba muy bien colocado al lado de mi radiador viendo toda la situación, decidí salir sólo cuando realmente llegara el autobús. No me importaba gran cosa dónde me tocara sentarme.

Cuando empezaba a pensar "a ver si han hecho lo del overbooking de los aviones..." y empezaba a recoger el campamento junto al radiador, una parrafada por los altavoces del tipo de recepción provocó una especie de avalancha sobre la terminal de toda la gente que por aquel entonces esperaba en la dársena. Me acerqué lo que pude a la ventanilla, y preguntaba a los que iban saliendo (daros cuenta de lo "caldeado" de los ánimos en ese momento, y un tipo en inglés -todo allí ocurría en alemán- preguntando por lo que pasa justo cuando estás acordándote de los antepasados de la compañía danesa que nos debía traer de vuelta). Aparte de la CANCELACION del viaje, la empresa no daba solución alguna al transporte para el día 1 para los que estábamos colgados en Berlín. Lo que si hicieron fue poner la excusa que un temporal en el Báltico impedía cruzar a los ferrys.

Unos momentos después del pánico inicial, empecé a ver alternativas: el tren estaba descartado, ya que al sacar los billetes era precisamente el trayecto del día 1 el que no tenía plazas libres. Sólo quedaba pagar un riñón, un ojo y un pulmón por el primer vuelo que saliera a Copenhague... a no ser... que... ¿y si el autobús que va a Oslo con esa otra compañía hace escala en Copenhague? Una dura cola después me entero que si, que hace escala en Copenhague, y que quedan algunos billetes todavía. Una luz al final de todo el embrollo, y yo sin dormir...

Cuando por fin llegó mi turno, le pedí uno a la taquillera, y mientras está tecleando da un golpe y con lo que interpreté (os habréis dado cuenta de que va a haber muchas interpretaciones mías, ya que mi alemán es muy malo y no da para entender casi nada que se salga de lo más básico) una maldición en alemán, y me explica muy agitadamente que como YA HA PASADO LA HORA DE SALIDA DEL BUS, no puede vender ningún billete más.

Ante la cara de estupefacción que puse, la mujer propuso que saliera a preguntar en la taquilla de la compañía fuera de la terminal a ver si tenía más suerte allí. Corriendo con la maleta (gracias a Dios que no la cargué mucho) que más que rodar, volaba, llegué al remolino que había en torno a la taquilla, y pude oir algo así como que sólo había un billete más... Me faltó tiempo para articular en alemán lo que pensé que me entenderían como que YO ERA ESE UNO, y surtió efecto, ya que a empujones llegué a la taquilla, le ofrecí el DNI en lugar del pasaporte que creo que pedía (al final sólo puso Luis en el billete) mientras oía arrancar al autobús justo detrás de mi. Pagué los 39 euros que me pedía -si me hubiera pedido 100 los hubiera pagado también- y salí como alma que lleva el diablo hacia el autobús mientras veía cómo se cerraban las puertas. El grito hizo mirar al conductor, que muy agradable bajó, me cogió la maleta y la metió en el maletero del autobús, y comprobando el billete me dejó pasar.

Tardé un cuarto de hora en quitarme el abrigo y la bufanda, y unos 100 km. en recuperar el pulso normal del corazón, pero finalmente estaba camino de Copenhague. Ahora bien... Si Graahundbus ha cancelado el trayecto realmente por el temporal... ¿por dónde va a pasar este?. Bueno, intentemos dormir algo, que llevo en el cuerpo sólo 1h 45'' de sueño hoy, y estoy necesitado... ¡Imposible!. Ni siquiera con la música clásica de mi MP3 conseguí conciliar el sueño. Bueno, pues libro y tranquilidad...

El viaje transcurrió sin mayores problemas hasta el puerto del ferry. Donde normalmente en media hora o tres cuartos se entra al ferry, llevábamos hora y media y ya había pasado el típico policía mirando y no había dicho nada... ¡Malo!.

El caso es que vemos subir al policía con un perro y hacer de nuevo el trayecto a través del autobús, y yo empiezo a mosquearme y a preguntar de qué iba el tema a los que estaban a mi alrededor, que estaban igual que yo. Al final, parece que buscaban a dos tipos "malos" entre todos los autobuses que llegábamos en esas horas... (no quiero ni pensar más concretamente en qué tipo de "malos" buscaban).

En honor a la verdad hay que decir que el ferry se movió un montón. Parecía que estábamos todos más borrachos de lo que realmente estábamos (y hay que decir que no eran pocos los que respiraban todaviá los vapores del alcohol). Curioso el caso de un perro en mi cubierta que estaba medio loco con el mareo, y lo bien que se lo pasaban los niños de un lado para otro en esa especie de montaña rusa improvisada.

Una vez en el otro lado, no hubo más contratiempos hasta llegar a Copenhague a eso de las 22h de la noche.

Y ahora a por la mejor parte: ¡el turismo y la fiesta!

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